Descripción de la Exposición
El arte como soporte para el cuestionamiento. El paisaje como construcción cultural, como territorio simbólico en el que configuramos nuestra manera de estar en el mundo. Lo natural, hoy, espacio de conflicto y barbarie. La materia y el material como campo de batalla. ¿Existe alguna esperanza para romper con el desapego? ¿Perdura alguna posibilidad de suturar la herida? ¿Aún podemos actuar desde la grieta, que cada vez dilata más la distancia que se interpone entre nosotros y la naturaleza que cobijó nuestro origen? La sometemos, bajo hormigón y pseudo-intelectualidad. Una y otra vez, con una huella irreversible.
¿Progresamos (o no) bajo la forma de la indiferencia, perdiendo la curiosidad primigenia por descubrir y sentir, pavimentando caminos para que el capitalismo voraz sea dueño y señor del “imperio del primer mundo”, de una sociedad cada vez más egoísta, adormecida y, en gran medida, narcisista, preocupada solo por mantener(se) parte o cerca del poder? Pero, ¿qué es el poder? El poder se presenta hoy como el fin de todas las selvas, como el exterminio de lo natural. Como el último poema. El poder es la muerte que tenemos por delante.
La obra de Christian Villamide (Lugo, 1966) es siempre una llamada a la reflexión, una reivindicación para despertar la emoción ante la barbarie, en busca de un regreso a la contemplación, a la valoración de la naturaleza y el entorno, a la convivencia desde el respeto. Desde la memoria de los materiales y la huella del tiempo sobre ellos, el artista construye pequeños artefactos que nos interpelan, que nos remiten a nuevas realidades posibles, que nos hacen reflexionar sobre la manera en que habitamos el territorio. Paisajes de-construidos o (re)construidos se alzan ante nosotros, a partir de materiales encontrados, restos industriales o fragmentos orgánicos, desvelando nuevos relatos a través de pequeños simulacros, experiencias estéticas que juegan entre el lenguaje, el concepto y la evocación. ¿Puede una sombra dibujar una montaña? ¿Es posible vislumbrar nuevos horizontes ensamblando cuidadosamente trozos de madera, piedra y cemento? ¿Puede emerger la vida, encofrada entre los límites de hormigón y asfalto?
"Cando a paisaxe se fixo verba" es una toma de conciencia hacia la resignificación del término paisaje, superando la contemplación romántica de artistas y viajeros ante la inmensidad de la naturaleza, siempre en busca de lo sublime, para adentrarse ahora en una nueva interpretación, con un carácter complejo, múltiple y variable. Donde en el "pasado" fluían montes, llanuras y ríos, "ayer" fueron el cultivo, la conquista y la civilización los que asentaron los cimientos de la palabra paisaje, en el seno de la acción de construir las nuevas sociedades contemporáneas. Así, paisaje es un término cultural, es la naturaleza racionalizada, pensada y conceptualizada, siendo el resultado de la interacción en el tiempo entre las personas y el medio natural. Su expresión es hoy un territorio percibido y valorado por sus cualidades culturales, producto de un proceso y soporte de la identidad de una comunidad. Somos paisaje. Cada vez más. Aunque también somos naturaleza, aunque cada vez menos.
Christian Villamide pone en valor aquello que también es paisaje, rescatando de la ocultación y del velo la maleza, esa naturaleza mínima que brota ante la adversidad. Parece frágil, pero sobrevive al conflicto y a la especulación, ignorando un mundo sobrevenido de pobreza y destrucción energética y ecológica. Lo orgánico y lo natural aparecen encofrados, tensionados, lapidados, soportando sobre su fisicidad toda la presión y la hostilidad de lo artificial, lo industrial, lo intelectual. El peso y la carga del pseudo-progreso. El artista presenta paisajes acotados (y asfixiados), una suerte de paraísos prefabricados en busca del mejor ornamento para las nuevas ciudades, etiquetadas como sostenibles, en un alarde de supremacía y superioridad moral de un capitalismo patriarcal salvaje.
Pero no se entrega por completo al desaliento y la desesperanza. El trabajo de Villamide se sitúa (y nos sitúa) siempre en una investigación y un escrutinio continuo, persiguiendo la belleza y rastreando la evocación en cada trazo, en cada gesto. En esa construcción cultural del paisaje, en esa articulación de las imágenes mentales, esa naturaleza pensada y reflexionada se convierte en lenguaje. Las líneas que dibujan el horizonte connotan palabras, frases, expresiones. Es la contemplación, a la que el artista insiste en volver como último salvoconducto para la supervivencia del ser humano, la que hace emerger las palabras y el pensamiento crítico. Nos pensamos en el paisaje, nos reflexionamos en esas reverberaciones de la naturaleza perdida, en ese entorno primigenio que vemos desvanecerse hoy en nuestras sociedades anestesiadas. Solo esa necesidad emocional de seguir formando parte de ella puede ser su salvaguarda. Y, en definitiva, también la nuestra.
Christian Villamide profundiza en esta muestra en la cruel distancia con lo natural. Visibiliza esa grieta, cada vez más insalvable, que me hace recordar aquella magnífica intervención de Doris Salcedo en la Tate Modern en 2007: "Shibboleth". Esa profunda grieta de 167 metros que simbolizaba el gran abismo que existe entre la humanidad y la falta de humanidad, hoy cobraría nuevos significados, rezumando los actuales conflictos bélicos (inimaginables hace más de una década), las reiteradas vulneraciones de los derechos humanos, el maltrato a los flujos migratorios, la devastación de bosques y selvas, la explotación salvaje de los recursos naturales, el negacionismo ante el cambio climático y un largo etcétera que dibuja un presente y un futuro (si aún existe) profundamente desolador. Las piezas escultóricas de Villamide rescatan restos para tratar de esbozar posibles futuros utópicos, nuevos paisajes reflexivos, esperando alguna reacción de la especie humana. Los escombros se descontextualizan para dignificar materiales y volverse palabra, poesía y reflexión. Las cartografías y los planos se transforman en espacios de exploración, evidenciando la intervención y la planificación premeditada para el sometimiento humano, en esa búsqueda de racionalizar los espacios naturales, de aplicar límites y barreras, de contener y dirigir el crecimiento. Villamide visibiliza así las malas prácticas de las sociedades contemporáneas, clamando por un retorno urgente a la reflexión y al sentido común, al respeto, en un acto necesario para reconducir la palabra y el pensamiento hacia el rescate de lo natural.
Puede ser la última oportunidad para cambiar nuestra forma de habitar el mundo y para reivindicarnos como parte de él, antes del fin de todas las selvas.
Paula Cabaleiro. Comisaria.
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